Dolor abdominal, hinchazón, gases o estreñimiento. Cuando estos síntomas aparecen de forma recurrente, pueden tener un impacto importante en la calidad de vida y generar muchas dudas sobre qué está ocurriendo en el sistema digestivo.
Una de las causas más frecuentes es el síndrome de intestino irritable (SII o IBS), un trastorno en el que intervienen diferentes mecanismos relacionados con el funcionamiento del intestino y su comunicación con el sistema nervioso.
Pero ¿qué sabemos realmente sobre el IBS? ¿Qué papel tiene la alimentación? ¿Y la microbiota? La investigación clínica de los últimos años permite entender mejor estas relaciones.

¿Qué es el IBS?
El síndrome de intestino irritable es un trastorno de la interacción entre el intestino y el cerebro que se caracteriza principalmente por dolor abdominal recurrente asociado a cambios en las deposiciones.
No existe una única causa que explique todos los casos. La evidencia apunta a una combinación de factores que pueden incluir alteraciones de la motilidad intestinal, una mayor sensibilidad visceral, cambios en la microbiota, infecciones gastrointestinales previas y determinados factores dietéticos y psicosociales.
Por eso, dos personas con IBS pueden presentar síntomas muy diferentes.
¿Cuáles son sus síntomas?
Los síntomas más característicos son el dolor o malestar abdominal y las alteraciones del ritmo intestinal.
Puede aparecer estreñimiento, diarrea o una combinación de ambos. También son frecuentes la hinchazón y la distensión abdominal y una mayor producción de gases.
El IBS se clasifica habitualmente según el patrón predominante: IBS con estreñimiento, IBS con diarrea o IBS mixto.
Alimentación y IBS: ¿qué dice la evidencia?
La relación entre alimentación y síntomas digestivos es una de las áreas más estudiadas en el IBS.
Uno de los enfoques con mayor respaldo científico es la dieta baja en FODMAPs. Los FODMAPs son determinados carbohidratos que se absorben de forma limitada y que pueden ser fermentados rápidamente por las bacterias intestinales.
Se encuentran, entre otros, en alimentos como cebolla, ajo, algunas legumbres, determinadas frutas como manzana o pera, algunos lácteos ricos en lactosa y ciertos edulcorantes como sorbitol o manitol.
Esto no significa que estos alimentos sean perjudiciales ni que todas las personas con IBS tengan que eliminarlos. La evidencia indica que una reducción temporal de FODMAPs puede mejorar los síntomas en algunas personas, seguida de una reintroducción progresiva para identificar las tolerancias individuales.
De hecho, las recomendaciones clínicas actuales plantean este enfoque como una intervención limitada y posteriormente personalizada, en lugar de mantener restricciones alimentarias de forma indefinida.
¿Puede ayudar la fibra?
La fibra también ha sido objeto de numerosos estudios clínicos.
Una revisión y metaanálisis publicada en Gastroenterology en agosto de 2026 analizó 30 ensayos clínicos aleatorizados con 1.904 personas con IBS. En conjunto, el 52 % de los participantes que recibieron suplementos de fibra presentó respuesta clínica frente al 44 % del grupo control.
El resultado fue especialmente favorable para el psyllium, una fibra soluble, que mostró una respuesta clínica superior al control.
Esto es relevante porque no todas las fibras actúan de la misma manera. En personas con IBS, aumentar indiscriminadamente la fibra puede incluso empeorar la hinchazón y los gases. La evidencia actual apunta especialmente hacia las fibras solubles y, entre ellas, el psyllium.
¿Y qué papel tiene la microbiota?
La microbiota intestinal también forma parte de la investigación actual sobre el IBS.
Algunos estudios han encontrado diferencias en la composición y actividad de la microbiota de personas con IBS, pero todavía no existe un perfil único que permita explicar la enfermedad o utilizar la microbiota como una herramienta diagnóstica.
Los probióticos son precisamente una de las estrategias que se están estudiando para modular este ecosistema intestinal.
Una revisión y metaanálisis publicada en 2026 analizó 40 ensayos clínicos y encontró una mejoría significativa en la intensidad global de los síntomas del IBS con probióticos. Sin embargo, los autores calificaron la certeza de la evidencia como baja debido principalmente a la variabilidad entre estudios y entre las diferentes cepas utilizadas.
Por eso, actualmente no puede hablarse de “un probiótico para el IBS”. Los resultados dependen de la cepa, la combinación utilizada, la dosis y las características de cada persona.
¿Cómo se trata el IBS?
El tratamiento debe adaptarse a los síntomas predominantes.
La evidencia científica respalda diferentes estrategias, entre ellas determinados cambios en la alimentación, fibra soluble como el psyllium y, en algunos casos, intervenciones dirigidas al eje intestino-cerebro o tratamientos farmacológicos específicos.
Lo importante es entender que no existe un único tratamiento válido para todas las personas con IBS. El objetivo es identificar qué factores están contribuyendo a los síntomas y encontrar una estrategia que permita controlarlos sin restricciones innecesarias.
Cuidar el equilibrio digestivo
El conocimiento actual sobre el IBS muestra que la salud digestiva no depende de un único factor. Alimentación, motilidad intestinal, microbiota y comunicación entre el intestino y el sistema nervioso forman parte de un mismo sistema.
Por eso, el abordaje del IBS debe ser individualizado y basado en la evidencia disponible.
Dentro de este enfoque se encuentra Resqcol Duo, una fórmula de Aora que combina Saccharomyces boulardii y Bifidobacterium longum con FOS, Boswellia serrata y vitaminas D y B12, orientada al cuidado y confort gastrointestinal.
No se trata de presentar un complemento como tratamiento del IBS, sino de entender que el cuidado de la microbiota y del sistema digestivo puede formar parte de un enfoque más amplio de bienestar intestinal.
Porque cuidar nuestra digestión también empieza por comprenderla.




